Renazco

Renaz­co y de mi cuer­po bro­tan mil soles rojos de invierno. No due­le tan­to como decían. Des­pier­to ador­mi­la­da, una semi­lla ocul­ta en medio de la pra­de­ra. No ten­go mie­do, no recuer­do el mie­do, no sé lo que era el sim­ple con­cep­to del miedo.

Ascien­do y bajo la mira­da ple­na de aten­ción. Con­vier­to lo que dejo en un ins­tan­te. Un cuer­po laxo y des­nu­do en medio del bos­que. No sien­to pena, no recuer­do la pena, no sé lo que era el sim­ple con­cep­to de la pena.

Luz­co y mi alma se expan­de en el todo. Me fun­do en él y hallo. Una hila de luz en un telar que cubre el uni­ver­so. No sien­to asom­bro, no recuer­do el asom­bro, no sé lo que era el sim­ple con­cep­to del asombro.

Ilu­mino y la fibra que soy aho­ra resue­na. Uno mi voz a la armo­nía. Un coro ili­mi­ta­do que no falla una nota. No sien­to gozo, no recuer­do el gozo, no sé lo que era el sim­ple con­cep­to del gozo.

Com­pren­do y com­pren­de el todo. Lo que exis­te es infi­ni­to. Ya no exis­ten el Yo y el Tú. Sien­to amor, soy ple­na­men­te amor, no recuer­do nada que no sea amor.