Bahia Mahmud Awah (1960 – )

Este autor saha­ra­wi es miem­bro de la lla­ma­da Gene­ra­ción de la Amis­tad saha­raui. Podeis cono­cer mas sobre ellos su poe­sía y su pue­blo (el pue­blo saha­ra­wi olvi­da­do por todos, entre ellos los espa­ño­les) en La jai­ma de la poe­sia saha­raui o Poe­ma­rio por un Saha­ra Libre (y todos los enla­ces de esas pági­nas. Dado que el libro de poe­mas del que lo he extra­ido (Thirty One – Trein­ta y Uno) está publi­ca­do bajo licen­cia crea­ti­ve com­mons com­pa­ti­ble con la dis­tri­bu­cion del conr­te­ni­do sin áni­mo de lucro, me per­mi­to trans­cri­bir aquí una de sus her­mo­si­si­mas poe­sias, ya me con­ta­reis lo que sen­tis al leerla.

ACTUALIZACION:

Me escri­be Bahia a mi correo per­so­nal dan­do­me per­mi­so expre­so de cita, ¡Muchi­si­mas gracias!

Me pre­gun­ta y se autoculpa

Apo­ya­do en la barra, cauteloso,
tra­tan­do de disimular
el impac­to de una infor­ma­ción en rojo
resal­ta­da, como todos los días
en los periódicos,
Niños de Irak,
niños de Palestina…
Pero hay otros olvidados
para los que nun­ca hay espacio.
En el bar esta vez no había humos,
las mira­das se cruzaban
al son de rui­dos de copas
y peti­cio­nes des­de la otra ori­lla de la barra,
bulli­cio de una vida que se ini­cia para unos
y ter­mi­na para otros.
Alguien a mi lado, noto que me mira,
y tra­to de esqui­var su descaro
guar­dan­do la compostura,
y otra vez des­de la esqui­na de sus ojos
me salu­da y me pregunta,
“¿Eres de aquí?”
Enton­ces ameno fue el diálogo,
no sé cuán­to duró.
Me ajus­té a mi ori­lla de la barra
a pedir la cuenta,
mien­tras que en el fon­do de su alma
cons­ta­to su indignación,
“¡qué injusto!,
¡qué injusto!”.
Pro­ce­dió a invitarme
a rom­per el silencio
para escu­char mis miles de desgracias.
Mien­tras yo rebuscaba
en siglos pasados,
argu­men­tos, fallos,
reso­lu­cio­nes y dictámenes,
me pidió
que le aca­ba­se de decir quién soy.
“Enton­ces soy cul­pa­ble de tus heridas”.
Y aho­ra mis­mo cuan­do la estoy escribiendo
su tierno cora­zón se auto culpa,
“lo sien­to, lo siento,
os hemos olvi­da­do has­ta en los periódicos
que cues­tan una sonrisa” 

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