Ciudad Sombra

Casi nin­guno de los tran­qui­los habi­tan­tes de Ciu­dad Luz sos­pe­cha­ba siquie­ra de la exis­ten­cia de Ciu­dad Som­bra. La ciu­dad feé­ri­ca, situa­da en su pro­pio plano de reali­dad, flo­ta­ba inmu­ta­ble e invi­si­ble para los ojos no ini­cia­dos en un cre­púscu­lo eterno, tran­qui­lo y silen­cio­so, pobla­do de oscu­ras figu­ras solo visi­bles por el rabi­llo del ojo cuan­do no esta­bas atento.

Alba dis­fru­ta­ba de aque­llos fuga­ces momen­tos —guar­da­dos en su cora­zón de mane­ra imbo­rra­ble— en los que podía per­ci­bir­las. Cuan­do des­pués de cenar y poner­se su pija­ma se acos­ta­ba, le gus­ta­ba jugar al pilla­pi­lla. Apre­ta­ba sus ojos inquie­tos con mucha fuer­za y los abría de gol­pe; inten­ta­ba cap­tar así algu­na de las sombras.

A veces veía un ogro enor­me con gran­des col­mi­llos, que sobre­sa­lían de su boca, encor­va­do para no cho­car con el techo de su habi­ta­ción; otras, un elfo jugue­tón que le lan­za­ba una son­ri­sa ape­nas esbo­za­da y, si tenía mucha mucha suer­te, una de aque­llas hadas con alas trans­pa­ren­tes, volan­do hacia quién sabía dónde.

En esas oca­sio­nes, dema­sia­do ner­vio­sa para dor­mir, se levan­ta­ba, cogía su caja de lápi­ces de colo­res más gran­de —con tonos que cubrían todo el espec­tro del arcoí­ris—, y cubría folio tras folio con estam­pas de lo que había vis­to, has­ta que se que­da­ba irre­me­dia­ble­men­te dor­mi­da sobre el pupi­tre de made­ra —tan anti­guo que había sido de su tata­ra­bue­la cuan­do tenía su edad, y pasa­do de hija en hija como tradición—.

Su madre, Blan­ca, tam­bién dis­fru­ta­ba del don, como antes su abue­la Cla­ra, y así todas las muje­res de su fami­lia des­de que se tenía memo­ria. De este modo, al ama­ne­cer —cuan­do Ciu­dad Luz des­per­ta­ba y Ciu­dad Som­bra des­apa­re­cía—, Alba corría a su cuar­to con el fajo de hojas. 

Aquel día desa­yu­na­ban gachas endul­za­das con miel y com­pra­ban el mejor pan que pudie­ran pagar con sus pocos aho­rros, bebían leche recién orde­ña­da y saca­ban algo de que­so fres­co, si lo tenían, mien­tras repa­sa­ban los dibu­jos tum­ba­das sobre una man­ta fren­te al fue­go. La peque­ña expli­ca­ba en deta­lle cada ima­gen, cada idea, como si no hubie­ra sido un fugaz des­te­llo sobre su pupi­la, sino una repre­sen­ta­ción exac­ta de lo que había visto. 

Blan­ca se limi­ta­ba a obser­var­la radian­te de feli­ci­dad; dis­fru­tan­do de la mane­ra en la que bri­lla­ba, de su voz chi­llo­na por la exci­ta­ción, de su mano­teo ince­san­te e incon­tro­la­do, de su ceño frun­ci­do mien­tras pen­sa­ba en lo que recor­da­ba de cada una de aque­llas obras de arte. 

Horas des­pués, tras una lar­ga comi­da —que Blan­ca paga­ba de bue­na gana, aun­que duran­te unos días ten­drían que apre­tar­se el cin­tu­rón— lle­ga­ba el trans­cen­den­te ritual de la colo­ca­ción: Madre e Hija, en silen­cio, entra­ban en la gran habi­ta­ción del fon­do, don­de guar­da­ban los mate­ria­les de cos­tu­ra que les per­mi­tían ganar­se la vida, abrían el enor­me mue­ble de roble —tan vie­jo que ya era vie­jo en la épo­ca de la abue­la de la tata­ra­bue­la Albo­ra­da—, y situa­ban cada folio en el mon­tón que le corres­pon­día por dere­cho pro­pio: los feos orcos, con los orcos; las her­mo­sas dría­das, con las dría­das y los seres que no habían sabi­do iden­ti­fi­car, en el mon­tón de miscelánea.

Tras cerrar la puer­ta, con las manos de ambas sobre el pomo, reci­ta­ban jun­tas las pala­bras que cada niña de la fami­lia Lux­fe­ro apren­día des­de la cuna cuan­do se las susu­rra­ban en for­ma de nana:

Que lo que exis­te siga existiendo.
Que la Luz ilu­mi­ne la sen­da y calien­te los huesos,
y la Oscu­ri­dad refres­que y pro­te­ja al necesitado.
Que cada cual sea lo que es,
siem­pre cre­cien­do, siem­pre cam­bian­do, siem­pre buscando.

Esas noches, Cla­ra per­ma­ne­cía muchas horas en su lecho des­pier­ta, feliz, espe­ran­do el ins­tan­te en el que la leve res­pi­ra­ción de su hija caye­ra en el sueño.

Se levan­ta­ba en silen­cio —des­cal­za sobre el frío sue­lo ape­nas ilu­mi­na­do por la luna— y anda­ba de pun­ti­llas has­ta la ven­ta­na, la abría de par en par y susu­rra­ba al viento:

—Umbra, acér­ca­te, he de con­tar­te algo.

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