Hafez (1320 – 1389)

El dul­ce camino

El úni­co camino sabio para mí ahora
Es dejar bol­sa y equi­pa­je en la taberna
Y sen­tar­me allí con felicidad.
Debo tomar la copa de vino
Y evi­ten la socie­dad de los hipócritas;
Debo lavar mi cora­zón limpio
De todo con­tac­to con per­so­nas de mundo.
Déjen­me tener cono­ci­dos o compañeros
Pero con un vaso de vino y un libro,
Pue­do evi­tar toda relación
Con los fal­sos habi­tan­tes del mundo.
Si levan­to mi túni­ca enci­ma del pol­vo del mundo
Me des­ta­ca­ré sobre todo en la total independencia,
Como los cipre­ses elevados.
Cuan­do veo la cara del camarero
Y el vino encendido
Me sien­to como aque­lla vez en que me jac­té de la devoción
Y el hábi­to man­ci­lla­do de un monje.
Mi estre­cho mar­co no es igual al peso
De la car­ga del pesar en su ausencia;
Mi pobre cora­zón no pue­de sopor­tar tal carga.
Tómen­me por un juer­guis­ta en la taberna
O un asce­ta de la ciudad –
Soy sola­men­te la mer­ca­de­ría que usted ve, o peor.
Soy el sir­vien­te del Genio de la edad;
No afec­ten mi corazón,
Por­que si susu­rro una pala­bra de queja
Invo­ca­rá la ven­gan­za de cielo.
El pol­vo del maltrato
Está ten­di­do sobre mi corazón;
Dios prohí­be que contaminemos
Este espe­jo rebo­san­te del amor. 

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