Il dolce far niente

Pasa­do el bochorno empa­la­go­so e inso­por­ta­ble de las horas cen­tra­les de los lar­gos días de Agos­to, me gus­ta­ba subir len­ta­men­te, sabo­rean­do cada paso, al peque­ño ban­qui­to de made­ra que algún obre­ro maño­so había mon­ta­do bajo el vie­jo cere­zo en la cima del pueblo.

Y enton­ces me sen­ta­ba, cuan­do el sol empe­za­ba a teñir de dora­dos y ana­ran­ja­dos los leja­nos picos de la sie­rra, vien­do como la sin­fo­nía de colo­res, olo­res y soni­dos a mi alre­de­dor iba cesan­do len­ta, muy len­ta­men­te. Todo se oscu­re­ce poco a poco, un inten­so azul noche aflo­ra de las cimas y el frío, escon­di­do has­ta pocos minu­tos antes, empie­za a ven­cer su timi­dez mien­tras el sol ofre­ce un res­pi­ro a la rese­ca tierra.

No hago nada, sólo obser­vo, el todo me inun­da, y con­tem­plo la mara­vi­lla del uni­ver­so des­de mi rús­ti­co asiento.

3 Comentarios a “Il dolce far niente”

  1. una chica de marte

    Poder parar de vez en cuan­do… Sue­na estupendo

  2. Luna Paniagua

    ¡Qué boni­to! Y sí, eso trans­mi­te, paz, tran­qui­li­dad, tiem­po detenido…

  3. Ignacio de Miguel Diaz

    ¡Muchas gra­cias Luna!

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