Inmortalidad 4

Con un lar­go sus­pi­ro pen­sa­ti­vo, la inmor­tal, de sem­pi­terno aspec­to atem­po­ral, bajó la mira­da con­tem­plan­do el mecá­ni­co pro­ce­di­mien­to que había lle­ga­do a com­pren­der en cada uno de sus más nimios aspec­tos, sin dejar por ello de odiar­lo en nin­gún momen­to. Se nega­ba a acep­tar que pasa­ra de lar­go, que no la afec­ta­ra a pesar de sus lar­gos mile­nios de vida, se nega­ba al sin­sen­ti­do. Exten­dió sus facul­ta­des, su cora­zón y su alma a lo que esta­ba por lle­gar, dolor, un inmen­so dolor que acu­chi­lla­ba sus entra­ñas y nubla­ba su enten­di­mien­to, un dolor que la recor­da­ba que a pesar de todo y de todos aún era un ser sin­tien­te. En el momen­to que per­ci­bió apa­re­cer una nue­va cana pla­tea­da en su pelo aza­ba­che, cerran­do los ojos, se obli­gó a susu­rrar el nom­bre de las ante­rio­res en una lar­ga, inter­mi­na­ble leta­nía. No en vano esta­ba ente­rran­do al últi­mo de sus hijos.

– “Joseph” – ter­mi­nó. Se dio la vuel­ta y vol­vió por don­de vino; bus­can­do reno­var su comu­nión con la vida.